Mi Pre…

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Yo no sé como será para otro joven en este mundo pero, para el cubano –y esto lo digo luego de haber conversado con muchos jóvenes de toda la isla- el preuniversitario es una etapa crucial que marca el hombre/mujer que quieres y vas a ser.
Mi experiencia personal se enmarca en el IPVCE Antonio Maceo Grajales de la ciudad de Santiago de Cuba. Tres años que me sirvieron para transformarme en el ser que hoy recorre este mundo y que a ratos le da por escribir y en estos últimos tiempos plasmar lo que escribe en este blog.
Luego de un año de intensificar preparación en la secundaria básica, me enfrente junto a un numeroso grupo de amigos a los exámenes de ingreso a estos centros que tienen este tipo de requisitos, al cabo de un tiempo me llega la noticia de estar entre los seleccionados. Me sentía muy emocionado mientras mi madre ponía el grito en el cielo pues ella deseaba que yo accediera a la modalidad de Pre en la Calle, existente en nuestra ciudad y que permitía que los estudiantes fueran todos los días para sus casas, luego de las jornadas de clases, cosa conveniente debido a las precariedades con las que los estudiantes becados estábamos condenados a convivir.
Yo, con la irreverencia que a ratos se adueña de mi ser, a pesar de todas las lógicas razones que me fueron dadas para no becarme, lo hice…
El día 27 de agosto de 1999 me monté en un tren que de las 4:00pm que debía pasar, pasó a las 8:00pm (esto se convertiría en constante todas las veces que cogiera el tren para ir para la escuela), la otra odisea era coger una Girón V desde la Estación hasta el IPVCE.
Luego de mucho bregar ya me estaba instalando en el V-1 (el V viene de varones y el 1 de ser el primer dormitorio) de la Unidad 3 alrededor de las 11:00pm, y cuál fue mi sorpresa, que aun en la oscuridad de un dormitorio que parecía dormido, comenzaron a volar por los aires las bromas más ocurrentes, eso nos costó, a todos, un atípico recibimiento, el oficial de guardia nos bajo a darle brillo (con unos brilladores que parecían preparados para seres de otro mundo) a los pasillos que conectaban a la U-3 con el resto de la escuela. De esa manera comenzaba mi Semana de Adaptación.
Cuando llegó el primer domingo de visitas de padres no fueron pocos los grandulones que se echaron a llorar para que los sacaran del centro, yo no, yo estaba deslumbrado con una escuela tan grande, una escuela que hizo exclamar a una madre, en algún momento “nunca pensé que fuera necesario tanto concreto para educar a un muchacho”, el tiempo fue pasando y creo que en el único momento que quise salir de la escuela fue al recibir 87 puntos en el primer control de matemáticas, para mí, acostumbrado a los 90 y tantos cercanos al 100 o al 100 mismo, eso era una hecatombe/catástrofe; pero eso solo fue momentáneo, ya había comenzado a crearme un nombre, a rodearme de amigos, afines a mí en tantas cosas en aquella casa grande que por tres años aprendería a amar y a odiar, fluctuando entre esos dos sentimientos que para algunos son tan diferentes y tan iguales.
Las personas tenían razón, en esos años era una tarea de titanes el estar becados, para uno y para los padres, pues solo podíamos llegar al fin de semana gracias a las familiares jabas que nos llegaban todos los domingos o traíamos con nosotros al retorno de los pases, cargadas (los que se lo podían permitir), unas, y otras no tanto, en mi dormitorio nos uníamos 5 y poníamos a disposición de todos lo que llevábamos, contábamos hasta las tostadas de pan y hasta cálculos con fracciones hacíamos, tratando de que las provisiones nos alcanzaran toda la semana, ir al comedor era como ir hacia una sala de torturas, era mucho el nabo, la proteína vegetal y la mala elaboración hacía peste, en esos tiempos nuestra mejor aliada era la pasta cubana (una especie de dulce que hasta hoy no defino sus ingredientes, solo se que era eso, dulce) que vendían en la cafetería. Muchas veces tuvimos que comer a las 2 o 3 de la mañana porque se habían roto los tachos.
Otro de los grandes problemas era el agua, casi nunca había, fueron pocos los días en los que me pude dar el lujo de bañarme en la ducha, en ocasiones salir de la escuela a los alrededores a buscar el preciado líquido para las necesidades más elementales, no era considerado como una fuga, pero ¡como se disfrutaba ir en grupos a la caza del H2O!
En pocas palabras he resumido los dos más grandes problemas que me hicieron compañía durante mi etapa preuniversitaria.
El IPVCE fue mucho más, fue forjarme como persona, creador de valores en mí que aun me acompañan y me acompañarán toda la vida. Entré con la firme convicción (de mi familia) de ser médico y ya ven, me licencié en Comunicación Social. Allí perdí muchos miedos, gracias a que estaba por mi cuenta y por lo tanto yo ponía mis propias leyes y límites, aprendí a convivir y a respetar la diversidad en todas sus expresiones y colores. Tuve novias, algún incipiente proyecto de novio que solo en eso quedó, definiendo así mi identidad sexual.
Fui muy activo, ya en 11 grado era el locutor de los principales actos y reuniones en el centro y fuera de este, fui dirigente estudiantil a varias instancias, llegue a ser vanguardia provincial de la FEEM (Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media) y había creado junto con otros amigos, dos grupos de reuniones, uno, dedicado a la literatura llamado “Los Otros” y el otro “Cosa Nostra” dedicado a compartir, tomar, beber, escuchar música en toda su extensa variedad, en fin, cosas de becas, nos apoderamos de espacios abandonados en el coloso de cemento y hierro y como a nadie hacíamos daño, nadie con nosotros se metía.
Fue con toda la carga que lleva, una etapa excepcional, variopinta, llena de experimentaciones y el mejor de los momentos para cultivar amistades que, aun cuando no nos hayamos visto nunca más, nos sentimos parte de un todo que nos une a través de los años y no nos deja olvidar.
Cuando en 12mo grado tuve que decir las palabras centrales a nombre del estudiantado saliente en el acto de fin de curso , muchas fueron las emociones que se agolparon, antes de eso, escribiendo el discurso el nudo en la garganta era imposible de disimular, comencé a temer, temer yo, fogueado en esas cosas, de hacer el ridículo y mi temor se hizo realidad, no pude contener/amarrar/ocultar, tantos sentimientos, las lágrimas salieron y aun cuando en ese momento no estuve pendiente en la reacción de mis colegas y amigos se, que muchos se sentían igual, despedían a un lugar maravilloso, un lugar donde habíamos terminado de forjarnos, un lugar que cariñosamente nos marcaba como con hierro caliente, con una marca indeleble y que nos hace reconocernos en la distancia, algo que no se puede explicar, en cualquier lugar cuando alguien te pregunta si estudiaste en la Vocacional, por lo general, quien pregunta, también estuvo en una.
En esas vacaciones mis noches fueron muy largas, ya no retornaría, ya no habría un IPVCE esperándome en septiembre, ya los amigos no nos sentaríamos en el mismo sitio en el aula que por tanto tiempo agradecida nos abría cada día las puertas al conocimiento, a la jodedera, a las locuras de juventud.
Aunque peque de desmemoriado no puedo dejar de mencionar nombres, solo eso para que en la indefinición se encuentren aquellos con nombres coincidentes: Máximo, Eusebia, Sojo, Nelson, Guillermo, Carlos, Alejandro, Adrian, Miyaxis, Digna, Elisandra, Rosalia, Katia, Aurora, Fidel, Ángel, Jorge, muchos, muchos más que se escapan ahora, pero que sus rostros de mi mente jamás saldrán.

La despedida de ese lugar me abrió las puertas a un mundo desconocido, también maravilloso y un camino recorrido hasta hoy lleno de dichas, con algún que otro revés claro está, pero siempre que me preguntan ¿Qué etapa de tu vida te gustaría repetir? La respuesta, luego de este escrito es evidente: Repetiría mis tres años de IPVCE…

 

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